—Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres malo. Tú eres bueno y me quieres.

—Sí, hija de mi alma, te quiero más que a mi vida... Perdóname.

—Yo también te quiero a tí... ¡A ellos no! Antes quería a madrina, pero ahora no... ¡Me ha pegado tanto! ¡Si supieras!... Me mordía, me arañaba, me arrastraba por el suelo, mandaba a Concha que me azotase con la ballena, me ataba con una cuerda como a los perros...

—¡Calla, calla, que me matas!—profirió Luis sollozando.

—¡No llores, Luis, no llores!... ¿Ves cómo eres bueno? Estás llorando por mí.

—¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llámame padre... ¡Yo soy tu padre! ¿Lo sabes, lo sabes?

—Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu hija... Tengo sueño... Déjame dormir sobre tu pecho.

Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó la suya el conde para darle un beso en la frente y sintió sus labios abrasados por el calor de la fiebre.

Gozó la criatura algunos momentos de sueño letárgico. Corrían de vez en cuando por su tierno cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al fin dando un grito.

—¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos... ahí están!