Sus ojos expresaban un terror pánico.
—No, hija, no; son los árboles del camino que extienden sus ramas hacia nosotros.
—¿No ves a D. Pedro que me amenaza? ¿No oyes lo que me está diciendo?
—Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento.
—Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo brilla la luna! ¡Mira qué campos tan hermosos y cuántas flores!... Un palacio de cristal... Delante hay una niña jugando con un gatito blanco... ¡Qué precioso!... Es más bonito que el Rojo... Déjame jugar con ella, Luis...
—Jugarás cuanto quieras, y te compraré un gatito y una palomita blanca que venga a comer a tu mano.
—No, no quiero que gastes dinero. Estoy contenta con que no me separes de ti.
—Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque eres mi hija. Duerme, mi vida.
—¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Échalos, Luis, échalos, por Dios! ¡Que me agarran!
—No temas; estás conmigo... Mira la luna otra vez... ¿Ves cuánta luz?... Duérmete, corazón.