—Es verdad... ya veo los campos llenos de flores... ya veo el gatito blanco... La niña no está... ¿Dónde se fue, Luis?

—Está en mi casa, esperándote para jugar. Estamos muy cerca ya. Duérmete.

—Sí, Luis, voy a dormir. Tú me lo mandas, ¿no es cierto? Yo debo obedecerte porque soy tu hija... Tengo frío... Apriétame más.

Apretola más y más contra su pecho. Josefina se durmió al fin. El carruaje rodaba por la carretera desierta al través de los campos esclarecidos por la luz de la luna. Las nubes volaban también dispersas por los aires. El viento mugía sordamente a lo lejos. Los árboles comenzaban a agitar sus penachos.

Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis inclinó la cabeza para despertar a la niña; pero al darla un beso sintió en sus labios el frío de la muerte. Alzola vivamente, sacudiola con fuerza varias veces, llamándola a gritos.

—¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Despierta!

La blonda cabeza de la niña se doblaba a un lado y a otro como una azucena que tuviese quebrado el tallo.