—¡Caramba, qué severo está hoy Manuel Antonio!—dijo el conde de Onís.
—No importa—repuso Paco Gómez dejando escapar un suspiro.—Manos blancas no ofenden.
En aquel momento le tocaba hacer una figura del rigodón y se alejó con Emilita.
María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó un instante con su pareja, que era un teniente del batallón de Pontevedra.
—¡Vamos, D. Santos, no sea usted cruel! ¿Por qué no va usted a hacer compañía a Fernanda, que está allí sola?
En efecto, la amiguita de la rica heredera había hallado pareja para el baile. Fernanda se sentó y permanecía seria y pensativa.
—Sí, sí; debes ir, Santos—manifestó Manuel Antonio.—Repara que la chica ha dejado una silla vacía a su lado... No puede insinuarse de modo más claro.
Al decir esto hizo un guiño al conde. Éste confirmó tales palabras.
—Yo creo que es hasta un deber de cortesía...
Granate le echó una mirada torva y preguntó sordamente: