—Pues entonces, ¿por qué no va usted a sentarse a su lado?
—Por la sencilla razón de que ya no tenemos nada que hablar... Pero usted es otra cosa.
—Entendido, señor conde... No soy un niño—murmuró con mal humor.
—Aunque no lo sea usted por la edad—dijo Amalia interviniendo oportunamente para evitar rozamientos,—lo es por la franqueza y espontaneidad de sus sentimientos, por la frescura de corazón que otros con menos años no tienen. Los niños aman con más sencillez y vehemencia que los hombres.
—Pero los hombres hacen otra cosa más heroica... ¡Se casan!—dijo Paco Gómez, que ya estaba de nuevo en su sitio con la pareja.
—Hay ocasiones en que tampoco se casan—manifestó Manuel Antonio haciendo una imperceptible mueca por donde Paco pudiese colegir que estaba pensando en María Josefa.
—Bueno—replicó aquél dándose por enterado.—Pero hay que convenir en que algunas veces se necesita para ello un heroísmo superior a la naturaleza humana.
La solterona, que las cogía por el aire, le clavó una mirada rencorosa y maligna.
—¡La naturaleza humana!—exclamó con displicencia.—La naturaleza humana presenta algunas veces formas tan estrambóticas que hasta el heroísmo sería ridículo en ellas.
Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzó a palpar su rostro con ademanes cómicos, fingiendo una muda resignación que hizo sonreír a los presentes. Amalia, para cambiar esta peligrosa conversación, exclamó: