—¡Dios!—murmuró estremeciéndose el conde.

Ella sintió que había hecho mal en apelar a la divinidad, y se apresuró a decir con desenfado:

—Quise decir la suerte... Vamos, no empieces a ponerte cargante y tristón... Éste es un momento de felicidad para nosotros... Lo estoy tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija de mis amores, viviendo conmigo, pudiendo verla y besarla a todas horas... ¡Qué hermosa es!... No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana; pero hoy me he saciado bien... Se parece a tí... sobre todo esta parte de aquí arriba, del entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No me pesa—añadió sonriendo con coquetería.—Otra cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad?

—Para mí todo es igualmente hermoso.

—¡Vamos!—exclamó la dama echándose hacia atrás y clavándole una mirada de burla cariñosa.—Al fin has recobrado el uso de la palabra... Pues bien—añadió en tono serio,—tú no sabes las vueltas que hemos tenido que dar esta mañana para buscarle nodriza. Me han traído tres. Ninguna me ha gustado. Al fin la cuarta se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a chupar el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de alegría... ¡como me cuesta ahora!... Pero seamos graves... seamos graves y cargantes como el señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te has arreglado para traerla? Cuéntame. ¡Qué cara tenías ayer noche al abrir la puerta del salón!

—La cosa no era para menos. A las nueve fui a buscarla a casa de Jacoba. Ya te lo habrá dicho ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura chillaba sin cesar...

—Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego?

—¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin cesar. Las calles estaban perdidas, sobre todo por aquellos barrios extraviados. Me remangué los pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo iba a entrar manchado de barro en tu salón? Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar el paraguas abierto en la otra mano. Fue imposible. A los pocos pasos me volví y le dejé el paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo santo! ¡Qué angustia! El viento me bajaba a cada instante el embozo de la capa, la lluvia me azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tenía miedo que me mojase la niña. Además iba temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en aquel momento! El viento soplaba a veces tan recio que me impedía dar un paso. Bien puedes creerme que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo para otro día.

—Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé que te ahogas en un plato de agua.

Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención. Amalia soltó a reír y, abrazándole y besándole con efusión, exclamó: