—No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no te compadezco? El trance ha sido bien duro. Te has portado como un héroe.
El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se ruborizó. La conciencia le gritaba que no los merecía. Se acordó de la terrible prueba por que acababa de pasar Amalia, y dijo:
—¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer! ¿Cómo te encuentras? Ha sido una imprudencia bajar tan pronto la escalera.
—¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una roca.
—Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendos dolores sin exhalar ni una queja!
—¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?—dijo poniéndole una mano en la boca.—¿Has parido alguna vez?
—Luego cuatro días solamente en la cama—prosiguió el joven separando dulcemente aquella mano y besándola al mismo tiempo,—y al quinto bajar al salón.
—Pues ya estás viendo que no me ha pasado nada. ¡Oh, si no llego a bajar ayer, de fijo Quiñones me manda al médico! Ya desde el segundo día estaba empeñado en que subiese... Pero ¿no sabes? Está enamorado, loco por la chiquilla. Toda la mañana ha tenido a la nodriza en su cuarto. ¡Y se le ocurren unas cosas tan peregrinas! Dice que esta niña nos la envía Dios para consolarnos de no tener familia...
El conde volvió a ponerse serio, taciturno, mientras en los labios de la dama se dibujaba una sonrisa de cruel ironía.
—A todo esto no has preguntado por ella, padre desnaturalizado—dijo metiendo sus dedos finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja de su amante.—Porque eres su padre, sí, su padre. ¿A que no lo niegas?—añadió acercando con mimo su rostro al de él y poniéndole los labios en el oído.—Voy a traértela.