—Pero ¿va a venir el ama?—preguntó él con terror.

—No, hombre, no—replicó riendo.—Vendrá ella solita. Verás qué bien camina ya.

El conde abrió los ojos con una expresión estúpida que la hizo reír aún más. Se puso en pie y abriendo la puerta cuchicheó un instante con Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo de pocos minutos la obesa medianera abrió otra vez la puerta cautelosamente y les entregó la niña dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansar en su regazo. Ambos la contemplaron largo rato en silencio con éxtasis, pendientes del levísimo soplo que hinchaba y deshinchaba aquel tierno cuerpecito. Fue un instante feliz. El conde, olvidado de sus temores, se calmó: una sonrisa de vivo placer se esparció por su fisonomía dulce y melancólica. Trascurrían los minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silencio dichoso ni se distraían un punto de la atención intensa en que sus espíritus se confundían. Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito de carne rosada se reflejaba igualmente en sus ojos y ataba con hilos invisibles sus almas y sus vidas.

—¡Qué hermosa es! Se parece a tí—murmuró el conde con tan blando acento que apenas si llegó a los oídos de su amante.

—Aún más a tí—respondió ésta en la misma voz apagada.

Luego, por un movimiento simultáneo, ambos volvieron la cabeza y se miraron larga, intensamente, con amor.

—Te adoro, Amalia—dijo él.

—Te quiero, Luis—respondió ella. Sus manos se buscaron y se apretaron tiernamente: sus cabezas se inclinaron para cambiar un beso casto.


IV