Y ahora, al contemplar a la criatura segura para siempre, no sólo se fortalecía su amor y se depuraba, sino que sentían el gozo de la victoria, del que después de haber corrido fuertes temporales llega por fin a puerto de salvación.

En voz muy baja, con las manos enlazadas, inclinando de vez en cuando la cabeza para rozar con los labios la frente de la niña, hablaron largo rato, mejor dicho, soñaron despiertos, queriendo penetrar en los abismos insondables del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia decía que conseguiría educarla como hija suya, hacerla una verdadera señorita; estaba segura de que D. Pedro no se opondría a ello. Y como quiera que no tenía hijos, nada más natural que habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte algún legado importante. El conde hizo un gesto de desdén. La niña no necesitaba de la hacienda de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.

—Pero tú puedes casarte y tener hijos—dijo la dama mirándole maliciosamente.

Él la tapó la boca.

—¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír eso siquiera. Estoy definitivamente unido a tí.

Ella le besó con efusión.

—Sellados, ¿verdad?

—Sellados—repuso él con firmeza.

—¿Pero no te haces cargo de que si le dejas tus bienes en testamento, enseguida nacería la sospecha de que era hija tuya?

Esta dificultad le abatió por unos instantes. Ambos se ocuparon en arbitrar algún medio para eludirla. El conde quería dejarlos en fideicomiso a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía también sus inconvenientes. Mejor sería ir colocando dinero a su nombre en algún banco, y al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, inventar algún padre llovido del cielo...