—En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a mi cuidado—concluyó diciendo ella.

Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando de su imaginación inagotable, de su voluntad y su audacia.

Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir volvieron los ojos al presente. Era necesario bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al día siguiente.

—Ya hemos convenido en que la madrina fuese yo y el padrino tú.

—¿Cómo? ¿yo?—exclamó asustado.—Pero, mujer, ¿no comprendes que eso puede engendrar sospechas?

La dama se obstinó. Que sí, que había de ser padrino. Si sospechaban, buen provecho. A ella le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente afligido cambió de idea.

—No te apures, hombre, no te apures—dijo dándole un tironcito a la barba.—Ha sido una broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la tuvieses en la pila! No te faltaría más que gritar: ¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí todos a ver al padre de esta criatura!

El padrino sería Quiñones, y en su representación D. Enrique Valero. La madrina ella, representada por María Josefa. El conde se mostró muy satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente y adecuado para asegurar la suerte de su hija. Pero cuando se manifestaba más contento, un rumor que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, ponerse lívido.

—¿Qué tienes, hombre?

—¡Ese ruido!...