—¡Muere, infame!
Se heló en sus venas la sangre y dio un salto hacia atrás. Entre las sombras espesas pudo distinguir un bulto más negro aún. Veloz como un rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado bajo su enorme cuerpo si no sintiera una carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz de Amalia.
—¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!
La sorpresa le dejó mudo unos instantes.
—¿Pero por dónde has venido?—dijo al cabo.
—Pues por la escalera principal. Me he echado este capuchón negro encima y he bajado corriendo.
Y viéndole frío y disgustado por aquella broma de mal gusto, se empinó sobre la punta de los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después de apretar los labios larga y apasionadamente contra los suyos, le dijo con acento zalamero:
—Ya sabía que no eras cobarde... pero quería comprobarlo.