Las bromas de Paco Gómez.
Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a ella consentiría en cualquier alianza.
—Desengáñate, Santos—decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando cierta tarde por el Bombé con Granate,—tú, como te has pasado más de la mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas, incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó rechazándote...
—¡Entodavía! ¡entodavía!—manifestó sordamente el indiano.
—Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dará jamás su brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará más que con el conde de Onís o contigo, los dos únicos partidos que hay en Lancia para ella; el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella está convencida ya de esto mismo. No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se coma la breva... Además, por más que otra cosa digan, a las mujeres les gustan los hombres como tú, robustos... porque tú eres un roble, chico—añadió volviendo hacia él la cabeza con admiración.
Granate dejó escapar un mugido corroborante. El marica le pasó las manos por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas.
—¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!
—Con estos hombros que aquí ves—dijo el indiano con orgullo—se han ganado muchos miles de pesos.
—¿Cómo? ¿Cargando sacos?
—¡Sacos!—exclamó Granate sonriendo con desprecio.—Eso es pa la canalla. ¡Cajas de azúcar como vagones!