Los tres amigos cambiaron una mirada significativa. Manuel Antonio, no pudiendo contener la risa, le abrazó exclamando:

—¡Bien, Santos, bien! Eso del lápiz me enternece.

Granate era el hombre de los disparates lingüísticos. No tenía conocimiento de la forma verdadera de una gran parte de las palabras; las modificaba de modo que resultaba muy cómico. Sin duda dependía de falta de oído, dado que hacía ya algunos años que había regresado de América y trataba con personas cultas. Sus bárbaros atentados contra el idioma eran proverbiales en Lancia.

—Pues nada, este infeliz se figura—prosiguió el marica, sin hacer caso de la mirada recelosa que le dirigió—que porque Fernanda Estrada-Rosa gasta algunos remilgos no le gustan las peluconas como a todo hijo de vecino... ¡Tonto, tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si es hija de D. Juan Estrada-Rosa, el mayor judío que hay en la provincia!

—Hombre, Fernanda ya es otra cosa—manifestó el Jubilado, que no estaba en el ajo—Es una chica muy rica y no necesita casarse por el dinero.

Pero los otros dos cayeron como fieras sobre él. Cuando se tiene dinero se quiere más. La ambición es insaciable. Fernanda era muy orgullosa y no pasaría por que ninguna otra chica en Lancia pudiese ostentar tanto lujo como ella. Si D. Santos elegía esposa en la población, le podría hacer competencia desastrosa: era una mosca que no se quitaría jamás de la nariz. El único rival temible para D. Santos era el conde de Onís; pero éste ya estaba descartado. Su carácter excéntrico, su misticismo y las extrañas manías en que daba con frecuencia, habían concluido por aburrir a la muchacha...

Con estos argumentos y un formidable pisotón de inteligencia que Paco le dio, el Jubilado entró en razón y se puso de parte de ellos. Los tres se esforzaron en convencer al indiano de que ni aquélla ni ninguna otra joven podría resistir mucho tiempo si él se decidía a estrechar el bloqueo. Paco aludía además de un modo vago y misterioso a cierto dato que él poseía, el cual demostraba hasta la evidencia que los desdenes de la chica eran pura comedia, alardes de vanidad para hacerse valer. Pero era un secreto; no podía revelarlo sin faltar a la amistad y consideración que debía a la persona que se lo había comunicado.

Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. Como un mastín a quien rodean los chicos y tratan de congraciársele haciéndole caricias, echábales miradas recelosas y dejaba escapar de vez en cuando gruñidos dubitativos. Manuel Antonio agotó el repertorio de sus argumentos sutiles y femeninos, apoyados por sendos abrazos, palmaditas o pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta lo infinito. Paco le dejaba decir y hacer echándole de través miradas socarronas, convencido de que Granate acogía siempre con desconfianza sus palabras. Pero a última hora intervino para dar el golpe definitivo. Después de hacerse rogar mucho por sus dos auxiliares, y de suplicar encarecidamente y por los clavos de Cristo que aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del bolsillo una carta. Era de Fernanda a una amiga de Nieva. Explicó primero de qué modo casual había venido a su poder, y después leyó en voz baja y con aparato de misterio el siguiente párrafo: «Lo que me dices de Luis no tiene fundamento. No he vuelto ni volveré a reanudar mis relaciones con él por razones muy largas de explicar, algunas de las cuales ya conoces. Lo de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, lleva mejor camino. Es viejo para mí, pero me parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de particular que al fin cayera con él.»

Granate atendió con extremada fijeza, abriendo de modo descomunal sus ojazos. Cuando Paco terminó la lectura dijo con voz profunda, como si hablara consigo mismo:

—Esa carta es ipócrifa.