Volvieron los tres a mirarse haciendo lo posible por contener la risa. Manuel Antonio aprovechó la ocasión para darle un abrazo más.

—¡Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale la carta, Paco... ¿Tú conoces la letra de Fernanda?... ¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal también, porque Emilita recibe a cada momento cartas de ella... Tú eres demasiado modesto, Santos. Yo no te diré que seas un real mozo, pero tienes cierta gracia y cierto aquel... vamos...

—¡Ya lo creo que lo tiene!—exclamó Paco.—Bien puede usted fiarse de Manuel Antonio, que es voto en la materia.

—Cualquiera puede distinguir, querido—profirió éste, picándose repentinamente.—Teniendo ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo que es feo y lo que es mediano.

Y no quiso emplear más saliva en secundar los planes de Paco. Dejaron, pues, a Granate en paz, y el marica cambió de conversación.

—Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal.

Éste levantó la cabeza y vio venir hacia ellos paseando ocho o diez militares. Eran oficiales del batallón de Pontevedra, que, a su despecho, había llegado recientemente de guarnición a la ciudad. Mateo rechinó un poco los dientes y bufó repetidas veces para indicar todo lo odioso que le era la fuerza armada. Después exclamó con irónico retintín:

—¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo de paz!

—Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal. Los militares no dejan de ser útiles.

—¡Útiles!—exclamó el Jubilado encrespándose.—¿Qué utilidad traen, vamos a ver? ¿En qué son útiles?