—Se lo regaló a Carmela, cuando vivía papá, un pintor de Madrid que pasó aquí unos días—dijo Nuncita.
—¿Eras tú joven?—preguntó gravemente Paco dirigiéndose a Carmelita.
—Sí, muy jovencita.
—¿El pintor tenía fama?
—Mucha.
—Entonces ya sé quién era, Murillo.
—No; me parece que no se llamaba así.
—Entonces sería Velázquez.
—Ese nombre ya me suena más. Era hombre mozo, muy cortés y muy galán, ¿verdad, Nuncia?... A tí me parece que te hizo algunas carantoñas...
Nuncita bajó los ojos ruborizada.