—¿Quién se acuerda de eso ya?

—Era muy enamoradizo—prosiguió Carmelita;—pero al mismo tiempo bien criado y bien entendido...

—¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser otro que Velázquez.

—No se llamaba Velázquez; se llamaba González—apuntó tímidamente Nuncita.

Y después de decirlo volvió a ruborizarse.

—¡Eso es, González!—exclamó su hermana haciendo memoria.

—Bueno, es igual, sería un contemporáneo suyo, de la buena raza de pintores del siglo XVII—manifestó Paco sin turbarse por las carcajadas de los tertulios, que se espantaban de la inocencia de aquellas pobres mujeres.

—¿Conque te ha hecho la corte a ti, Niña?—prosiguió cogiendo con dos dedos cariñosamente la barba de Nuncita.—Me parece que tú debiste de haber sido muy torerita, ¿verdad, Carmela?

—Fue un poco tentada de la risa.

—¡Carmela, por Dios, que estos señores van a creer que he sido una coqueta!—exclamó con angustia la Niña.