—No creerían más que la verdad, chica—dijo Paco.—¿Ya no te acuerdas que has dado oídos a un procurador eclesiástico llamado don Máximo, y después que éste se iba de tu casa hablabas con el teniente Paniagua por el balcón?
Nuncita sonrió con enternecimiento al recuerdo de aquellos tiempos, y repuso bajando los ojos con graciosa timidez:
—D. Máximo venía a casa todos los días, pero nunca me requirió de amores.
—¡Qué amores ni qué calabazas!—exclamó Paco.—Di tú que quien te gustaba de verdad era el teniente, y concluirás más pronto.
—¿Conque ha estado usted enamorada de un militar?—preguntó con graciosa volubilidad Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada provocativa a Núñez.—Pues ha tenido usted bien mal gusto.
El Jubilado se puso repentinamente serio y se le erizaron los bigotes de terror ante aquella salida de su hija; pero se tranquilizó inmediatamente al observar que el capitán, en vez de darse por ofendido, la pagaba con una sonrisa amorosa y lo echaba a broma como todos los demás.
—No es ella sola la que ha tenido ese mal gusto—expresó con marcada intención Carmelita, muy alegre de haber encontrado aquel rasgo de ingenio.
—Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto... ¡cómo si lo viera!...—tornó a preguntar Emilita con la misma adorable ligereza.
—¡Alto, alto, Emilia!—manifestó Paco.—Paniagua era teniente de los tercios de Flandes y muy bizarro.
—No, corazón, no—se apresuró a rectificar Nuncita,—que era de la guardia real.