—¿No era arcabucero?
—No, mi alma; de la guardia real te digo.
D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de tos. Manuel Antonio y los pollastres reían descaradamente.
—Paniagua era hombre muy notable—prosiguió Paco.—Poseía esa decisión que tan bien sienta a los militares. El mismo día que llegó vio a Nuncia por la mañana al balcón. Por la tarde le entregó en el pórtico de San Rafael, al salir de la novena, un billete de declaración, que empezaba: «Señorita: Entre confuso y medroso, y dudando si en gracia de lo rendido me perdonará usted lo osado, confieso que mi único delito consiste en amar a usted...»
—¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda!—exclamó Nuncita, enternecida de verdad.
Lo cierto era que Paco, a quien la Niña, después de muy rogada, había mostrado las cartas que conservaba de Paniagua, se había aprendido de memoria aquel originalísimo documento y lo recitaba en todas partes para regocijo de sus amigos.
—Eso se llama un hombre resuelto. Así se manifiesta el carácter de la persona. ¡Qué diferencia de los militares de hoy, que antes de declararse a una muchacha la pasean un año la calle y luego tardan otro en decir: «Niña, ¿cuándo nos vamos a la vicaría?»
Pronunció estas palabras mirando al rincón donde estaban Emilita y el capitán. Éste recogió la alusión y se puso serio. La chica se hizo la distraída, pero agradeciendo mucho a Paco en el fondo de su corazón el capote, mientras el Jubilado se atusaba el bigote con mano temblorosa, temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al mismo tiempo por la esperanza de que estos capotazos oportunos le sacaran de su atonía.
Cansados de platicar, los pollastres propusieron jugar un ratito a las prendas. Es un juego donde los hombres de criterio siempre pescan algo. Fernanda consintió en que Granate se sentase a su lado. Los guiños de Paco, que había sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era una criatura muy orgullosa, pero en la cual se hallaba arraigado el sentimiento de justicia. No podía sufrir que se burlasen en su presencia de nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y despreciable. Podía decirse que el sentimiento de la dignidad, que era en ella tan delicado y vidrioso, la hacía sentir las heridas causadas en la de los otros con más viveza. Aunque aborrecía a Granate, la molestaba que se le mortificase en su presencia, sobre todo si era por su causa; sin perjuicio, por supuesto, de que ella le diese a cada momento descomunales desaires; pero entendía, y no le faltaba razón, que los desdenes de la mujer que se ama, si causan dolor, no resqueman como las burlas. El indiano, que se vio tan honrado, no cabía en sí de gozo, y comenzó con voluntad excesiva y la ordinariez que le caracterizaba a prodigarle mil atenciones. Fernanda las recibió con semblante grave, pero sin repugnancia.
Y vino, como es natural, aquello de las «tres veces sí y tres veces no,» el «contentar a todos los presentes,» «un favor y un disfavor,» etc., etc. La sociedad se recreaba con lo que se habían recreado sus padres y sus abuelos, y con lo que pensaban que se recrearían sus hijos. ¡Inocentes! Había allí un espíritu, sin embargo, que no merecía este calificativo. Paco Gómez jugaba con una condescendencia displicente, como hombre que se adelantaba mucho a su época, cometiendo mil torpezas y desaciertos que demostraban la distracción que caracteriza a los seres superiores. En cambio, Núñez tenía puestos los cinco sentidos. No se vio jamás hombre más erudito en aquellas materias ni que las tratase con más profundidad. Su inteligencia lúcida había penetrado en todos los secretos del juego de prendas y sabía sacar de cada uno el partido posible, extraer todo su jugo, según pedían las circunstancias. Por ejemplo, cuando una señorita debía contentarle, quedaba sordo instantáneamente. La joven se veía obligada a inclinarse más y más, hasta que sus labios de carmín rozaban la oreja del capitán. Si quedaba condenada a hacer el papel de esquina de la Puerta del Sol y, por consiguiente, a sufrir que le pegasen carteles en la cara, que se recostasen contra ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba la presa en tanto que no pasease las manos por todas las regiones de su cuerpo. Pero cuando dio más claras muestras de su talento portentoso y de los vastos conocimientos que había logrado adquirir en aquel ramo del saber, fue al proponer que la señorita a quien acertase lo que tenía en el bolsillo quedase obligada a darle un beso. Tal seguridad tenían todas de que nada conseguiría, que no vacilaron en aceptar la proposición. Erró, efectivamente, al vaciar con el pensamiento el bolsillo de Carmelita, erró con Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y ¡miren qué diablo! fue a acertar precisamente con Emilita. Unas tijeras, un pañuelo, un dedal y tres caramelos. La niña se puso a gritar batiendo las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa, trampa! El capitán, sereno, apacible, grandioso como un héroe de la antigüedad, rechazó aquella imputación y demostró hasta la saciedad que allí no cabía trampa alguna.