—...A no ser—añadió sonriendo mefistofélicamente—que estuviera usted convenida conmigo para dejarme ver de antemano lo que tenía en el bolsillo.

La niña protestó aún más ruidosamente contra esta hipótesis indecorosa, se puso agitada hasta un grado incomprensible y, levantándose con viveza, corrió al extremo opuesto de la sala, lo más lejos posible del capitán, como si éste fuese a tomar por la fuerza lo que de derecho le correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella (las mujeres) y quien tomó partido por él (casi todos los hombres). Armose en la sala un zipizape de mil demonios. Todos hablaban, reían, chillaban sin acabar de entenderse. Pero la que más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de comprender, la interesada. Sin embargo, don Cristóbal, viendo que aquello llevaba trazas de no concluir, y queriendo dejar a salvo la formalidad de su progenie, intervino en la disputa como un dios majestuoso que extiende la diestra para calmar las olas del mar embravecido.

—Emilita—pronunció con firmeza,—juego es juego. Dale un beso a ese caballero.

Adviértase que no dijo «al capitán,» ni siquiera «a ese señor oficial.» Todavía sus labios civiles repugnaban dejar paso a una palabra de orden exclusivamente militar.

—¡Pero papá!—exclamó la hija menor, roja ya como una amapola.

—¡Vamos!...—profirió con la diestra extendida y en la actitud más imperativa que pudo adoptar jamás un dios jubilado.

No hubo más remedio. Emilita, confusa y avergonzada, con las mejillas convertidas en dos brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y le rozó con el carmín de los labios la tierra amarillenta de sus mejillas.

Mas hete aquí que, apenas lo hubo efectuado, saltó hecha un basilisco Micaela, la más irascible de las cuatro nereidas que nadaban en las profundidades de la morada del Jubilado:

—¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos decentes, sino suciedades... No me extraña de Núñez, porque los hombres ¿a qué están? Me extraña de tí, Emilita... Me parece que un poco más de pudor y vergüenza no te vendrían mal... Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen obligación de ponértela son los primeros en empujarte a lo malo!...

Aquella sangrienta diatriba contra el autor de sus días dejó a éste pálido y clavado al suelo. Hubo un instante de silencio embarazoso. Una nota tan destemplada les sorprendió. Sin embargo, todos se apresuraron a defender a Emilita y a protestar de la pureza y la perfecta inocencia de tales juegos. El argumento que más se repetía, y el que a todos les parecía incontrastable, era que, no habiendo malicia, aquello no valía nada, porque lo importante en estos asuntos es la intención. El beso ¿ha sido dado con intención?—decía uno de los pollastres más dialécticos.—¿No? Pues entonces como si no se hubiera dado. Núñez asentía gravemente, un poco amoscado y mirando de reojo a su futura cuñada. Pero ésta no se rendía a demostraciones tan evidentes y se obstinaba en pedir, cada vez con mayor violencia y más altas voces, un poco de vergüenza para su hermana menor y unas migajitas de sentido para su señor padre. Mas como al cabo nadie se presentaba con estas cosas en la mano a satisfacer sus votos, no tuvo otro remedio que ir bajando el diapasón, hasta que al fin sus coléricas protestas se fueron trasformando poco a poco en murmullo sordo y amenazador como el de los truenos lejanos. Y la tertulia recobró su dulce sosiego habitual.