Pero quedó suspendido por aquella noche el juego de prendas. Nuncita, de quien casi siempre partían las grandes ideas, propuso que se jugase a la boba. No se sabe por qué, pero es lo cierto que este juego poseía particulares atractivos para la menor de las señoritas de Meré. Es indecible lo que se placía la ex-novia del teniente Paniagua cuando lograba encajar la boba a alguna de sus tertulianas, la ansiedad y desasosiego que se apoderaba de ella cuando la tenía en su poder y no lograba soltarla. Paco Gómez tomó la baraja y sacó las tres sotas; pero sabiendo la debilidad de Nuncita y queriendo, según su temperamento, mortificarla un poco, hizo una señal a la que quedaba, y luego la fue manifestando al oído a algunos de los tertulios. Resultado de esto fue que la boba iba casi siempre a parar a manos de la Niña, y allí se atascaba, sin que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese desprenderse de ella. Con esto, apesar de su apacible natural, se fue impacientando poco a poco. La tertulia reía y ella también, pero más con los labios que con el corazón. Al fin, en un momento de cólera echó a rodar las cartas y declaró que no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de descortesía, intervino severamente, como siempre que se desmandaba.
—¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa tontería? ¿Qué dirán estos señores?... Dirán, con motivo, que no tienes educación, y que en nuestra familia no ha habido quien hubiera sabido enseñarte... ¡A ver si coges las cartas ahora mismo!
—No quiero.
—¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres tonta!... ¿Se habrá visto una criatura más díscola?... Co... co... coge las cartas enseguida...
La cólera la hacía tartamudear, saliendo de su boca desprovista de dientes unos ruidos extraños.
—¡Hum!—gruñó Nuncita, torciendo el hocico con mueca de mimo.
—¡Niña, no me enfades!—gritó su hermana mayor.
—¡No quiero, no quiero!—repitió aquella criatura indómita con decisión.
Y al mismo tiempo se levantó de la silla y arrastrando los pies se fue a refugiar en el gabinete.
Mas su hermana la siguió inmediatamente en la actitud más severa y autoritaria que puede nadie imaginarse, dispuesta a corregir aquel principio de rebelión, que con el tiempo podría traer funestas consecuencias. Oyose rumor de disputa, sobresaliendo la voz áspera, irritada, de Carmelita; luego aquella voz se fue dulcificando, haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo con suavidad. Llegó asimismo a los oídos de los tertulios el eco de un sollozo. Por último, al cabo de buen rato se presentó de nuevo Carmelita, arrastrando los pies todavía más que su hermana, con los ojos resplandecientes de autoridad y el ademán majestuoso que conviene a los que necesitan dictar leyes a los seres que la Providencia les ha confiado. Detrás venía la Niña avergonzada, sumisa, con las mejillas inflamadas y los ojos llorosos. Sentose otra vez a la mesa y, sin osar levantar los ojos a su hermana mayor, que la miraba aún con cierta dureza, tomó humildemente las cartas y se puso a jugar. Pues bien, este ejemplo conmovedor de respeto y de sumisión, en vez de impresionar gravemente a los circunstantes, provocó en casi todos una sonrisa de burla, y en algunos de ellos algunas inoportunas carcajadas que a duras penas lograron sofocar.