Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo. Acercábase la hora de diseminarse aquella escogida sociedad.
—María Josefa, hoy he visto a tu ahijada en el paseo—dijo Paco Gómez, mientras barajaba distraídamente las cartas.—La he dado un beso. Está cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo tiene ya?
—Pues saca la cuenta. La hemos bautizado en Febrero... Dos meses y medio.
—¿Iba con su madre?—preguntó Manuel Antonio sonriendo de un modo particular.
—No. A su madre la he encontrado después en Altavilla y he echado un párrafo con ella—respondió gravemente y con afectada naturalidad.
La mayor parte de los tertulios le miraban sonrientes con expresión de malicia reservada que sorprendió a Fernanda. Sólo las dos señoritas de Meré y Granate permanecieron impasibles, sin darse cuenta de lo que se hablaba.
—Pero ¿a qué ahijada de usted se refiere, a la niña recogida por los de Quiñones?—preguntó en voz baja la heredera de Estrada-Rosa a María Josefa.
—Sí.
—¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre?
—Porque esos dos tienen una lengua muy mala. ¡Dios nos libre de ella!—repuso la solterona sonriendo también con alegría maliciosa, mirando al mismo tiempo a la joven con la benevolencia condescendiente con que se mira a las criaturas inocentes.