—Pero ¿quién suponen que es su madre?
—¿Quién ha de ser? Amalia... ¡Silencio!—dijo apresuradamente, bajando más la voz.
Quedó estupefacta. Para ella era la noticia tan nueva, tan sorprendente, que por unos instantes estuvo mirando con ojos pasmados a su amiga como si no hubiese oído. En el estupor que le causaba, no oyó las primeras palabras de Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que estaba loando con calor la belleza de la niña.
—Tiene a quien parecerse—murmuró el marica de Sierra con la misma intención maligna.—Ya ves... su madre... ¡Y su padre!... Su padre se cae de buen mozo.
Fernanda, picada repentinamente por vivísima curiosidad, una curiosidad insana que la puso agitada y anhelante sin saber por qué, se inclinó otra vez hacia María Josefa, y metiéndole la boca por el oído, le preguntó con voz alterada:
—Pero ¿quién es su padre?
La solterona se volvió hacia ella y le clavó una mirada donde se traslucía junto con la sorpresa la misma indulgencia compasiva.
—Pero ¿de veras no sabes?...
La joven hizo signo negativo. Y al mismo tiempo se sintió embargada por terrible emoción. Una corriente de aire frío atravesó su ser interior repentinamente. Quedó pálida, pendiente de los labios de María Josefa, como si de ellos esperase la salud o la muerte. Aquélla advirtió bien su turbación, y dijo después de mirarla un instante fijamente:
—No te lo digo... ¿Para qué?... Acaso sea todo una calumnia.