Fernanda se repuso instantáneamente.

—Está bien—respondió haciendo un gesto de displicencia.—Cálleselo. Después de todo, ¿a mí qué me importa todo eso?

Este gesto hirió a la solterona, que se apresuró a decir con aguda sonrisa:

—Pues precisamente porque a tí te importa es por lo que temo decírtelo.

—No entiendo...

María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo:

—Porque dicen que el padre de la criatura es Luis.

Como ya antes había sentido la puñalada, Fernanda quedó impasible y preguntó con indiferencia:

—¿Qué Luis?

—El conde, muchacha.