—¿Y por qué me ha de importar a mí que sea Luis el padre?
María Josefa quedó un poco desconcertada.
—Como ha sido tu novio...
—¡Pero como ya no lo es!—replicó encogiéndose de hombros desdeñosamente.
Y se puso a hablar con Granate, que tenía del otro lado. Aquella indiferencia era pura comedia que su orgullo lograba representar. Una tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su alma y la invadió por completo, sin dejarle fuerzas para pensar ni para hacer nada. Si Granate no fuese un animal, hubiera comprendido enseguida que la sonrisa con que acogía sus barbarismos y barbaridades era una verdadera mueca sin expresión alguna, y que los monosílabos y respuestas incoherentes que dejaba escapar de sus labios denunciaban bien claramente que no le escuchaba a él, sino a Paco Gómez, Manuel Antonio y los demás que seguían charlando de la niña expósita.
¡Con qué interés ardiente recogía todas las palabras que se cambiaban entre aquellos maldicientes! Y a medida que iban poniéndole en claro el suceso y que iban acumulando pormenores, entreverando frases burlonas y reticencias de efecto cómico, su corazón se apretaba, se apretaba poco a poco, como si todos ellos lo fuesen oprimiendo entre sus manos, uno después de otro, para hacerle daño. Pero su rostro permanecía impasible. Ni la más leve contracción acusaba el dolor que la mordía.
La tertulia se deshizo a las doce, como siempre. Fernanda sintió gran consuelo al respirar el aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de quedarse a solas con su pensamiento y darse cuenta cabal de lo que acababa de aprender.
Había llovido mucho. Las calles, empedradas de grueso guijarro, resplandecían a la luz de los reverberos. Al salir de la casa unos tomaron por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda, hacia arriba en dirección a la plaza. Pocos pasos habían dado cuando sintieron el estrepitoso trotar de unos caballos que doblaban en aquel instante la esquina y bajaban hacia ellos.
—Ahí está el barón y su criado—dijo Manuel Antonio.
Era la hora, en efecto, en que el excéntrico barón de los Oscos salía a dar su paseo habitual por las calles de Lancia. Su famoso caballo las desempedraba haciendo cabriolas, levantando tal estrépito que, aun siendo el corcel de su criado mucho más paciente, parecía que atravesaba la ciudad un escuadrón. Al cruzarse con los tertulios, Manuel Antonio, con el desparpajo que le caracterizaba, gritó: «Buenas noches barón.» Pero éste volvió hacia ellos el rostro espantable, los miró fijamente con sus ojos encarnizados y siguió adelante sin contestar. El marica, corrido, dijo: