—Bien, hombre, y al monte también.

Y se pusieron a jugar sin hacer más caso de él.

Pero al cabo de un momento volvió a decir:

—Y al parar.

—¿Al parar también?—preguntó en tono de burla el conde de Onís.

—Sí, señor, y a las siete y media.

—¡Vaya! ¡vaya!—exclamó aquél distraídamente, abriendo el abanico de cartas y examinándolo atentamente.

Y siguieron jugando con empeño, absortos y silenciosos. El mayordomo les interrumpió de nuevo, diciendo:

—Y al julepe.

—¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majadero—exclamó ásperamente D. Pedro.