—¡Manjadero! ¡manjadero!—masculló el aldeano con mal humor.—Otros hay tan manjaderos; pero como tienen dinero no hay quien se lo llame.
Y dejó caer de nuevo sus formidables espaldas en el sillón, estiró las patas y cerró los ojos para roncar.
Los jugadores levantaron la vista hacia don Pedro con sorpresa e inquietud. Este la clavó colérica en su mayordomo; pero, al verle en aquella tan sosegada postura, cambió repentinamente, y alzando los hombros y convirtiendo de nuevo los ojos a las cartas, exclamó con sonrisa, alegre:
—¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo!
—¡Alto, Sr. Quiñones, alto!—dijo Saleta.—Los suevos han acampado solamente en Galicia. Ustedes no son más que cántabros... Precisamente yo debo saber bien eso...
—¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too!—manifestó un caballero no tan viejo, si bien pasaría de los cincuenta, que entraba a la sazón. D. Enrique Valero, magistrado de la Audiencia también, hombre de agradable porte, de rostro fino y expresivo, aunque extremadamente marchito por la vida alegre que había llevado. Como lo denunciaba su acento, de lo más cerrado y ceceoso que puede oírse, era andaluz y de la provincia de Málaga.
—No lo sé todo, amigo Valero—repuso con calma Saleta;—pero conozco perfectamente la historia de mi país y las particularidades referentes a mi familia.
—¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de lo zuevo, compañero?
—Porque mi familia desciende de uno de los caudillos más principales que penetraron en la provincia de Pontevedra cuando la irrupción, según consta de varios documentos que se conservan en el archivo de mi casa.
Los jugadores cambiaron una risueña mirada de inteligencia con Valero.