Pero a despecho de todas las diatribas y murmuraciones de los vecinos, que reflejaban, en el sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa, la envidia que ardía en la mayor parte de los corazones, «el aumento del contingente» se abría paso. El plazo fijado para realizarlo fue el mes de Agosto. Cuando llegó el momento había adquirido tal importancia que, como sucede generalmente en los pueblos pequeños, apenas se hablaba de otra cosa. Las relaciones del Jubilado y sus cuatro hijas eran numerosísimas, y todas ellas aspiraban a ser invitadas el día de la boda. Por otra parte, la misma aspiración alimentaban en su pecho algunos dignos y pundonorosos oficiales del batallón de Pontevedra amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta gente en el hogar poético del Jubilado, se pensó en celebrar la boda en el campo. La casa más a propósito era la de la Granja por su proximidad a la población. D. Cristóbal se la pidió al conde, con quien tenía extremada confianza, lo mismo que sus hijas, y éste se apresuró a ponerla a su disposición.

En la iglesia de San Rafael se consumó de madrugada aquella venturosa alianza, prenda segura de paz entre el elemento civil y el militar. Bendíjola fray Diego que, por ser el sacerdote más bizarro y el más firme bebedor de anisado de la capital, gozaba de gran prestigio entre la oficialidad. Asistieron al acto más de veinte damas y casi otros tantos caballeros. En cuanto terminó se trasladaron todos a la Granja para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de la población no se necesitaban carruajes. Sin embargo, fueron los del conde de Onís y de Quiñones para trasportar a los novios y a algunas personas de edad avanzada, como las dos señoritas de Meré. Entre los invitados estaba casi toda la tertulia del maestrante, bastantes de la de las de Meré y un número crecido de oficiales.

El conde había hecho asear, hasta donde era posible, el vetusto caserón. Casi todos lo conocían como su propia casa. Era el sitio obligado de las giras campestres por hallarse tan cerca y por el hermoso bosque que tenía. Los condes jamás habían negado el permiso. En cuanto llegaron y gustaron el chocolate, que les esperaba en el vasto salón con pavimento de ladrillo de la planta baja que servía de comedor, se diseminaron sin ceremonia por la casa y por la finca dispuestos a matar las horas del mejor modo posible hasta que sonase la de comer. La novia, con Amalia, que había sido su madrina, y otras dos señoras se fue a sentar gravemente en una de las habitaciones. Tenía los ojos brillantes, las mejillas coloradas y procuraba inútilmente disfrazar con un continente digno y serio la profunda emoción que la embargaba. Las que la acompañaban, casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando la mano por sus cabellos, dándole palmaditas en las mejillas, cogiéndole las manos y de vez en cuando inclinándose para estampar un beso en su frente con esa condescendencia, mitad cariñosa, mitad irónica, con que las veteranas del matrimonio contemplan a las bisoñas. No hay una de aquéllas que al acercarse a una novia no sienta vibrar en su pecho el eco de cierta música lejana y divina; viene a sus labios el gusto de la miel de la remota luna; pero llega ¡ay! con el dejo amarguillo de algunos años de prosa matrimonial. En toda mujer casada hay un poeta desengañado de su musa. De aquí la sonrisa baironiana que aparece en su rostro al observar la dicha que arde en los ojos de una desposada.

Emilita había cambiado de carácter en un cuarto de hora. Todo lo juguetona y pizpireta que se había mostrado hasta entonces, aparecía ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente con las matronas, sus compañeras, acerca de la instalación de la despensa, del servicio doméstico que todas consideraban en espantosa decadencia, del precio de la carne. Tan vieja se había hecho en este cuarto de hora, que sorprendía no ver ya alguna hebra de plata entre sus cabellos de oro.

En cambio a sus hermanas, por extraño contraste, les habían quitado algunos años de encima desde que la menor tomara la investidura. Habían retrocedido hasta la infancia. Como criaturas ávidas de aire y de luz para desarrollarse, lanzáronse al bosque las tres, animando con sus gritos e inocentes carcajadas el silencio y la paz que allí reinaba. ¡Virgen del Amparo lo que saltaron, lo que rieron, las diabluras que llevaron a cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para entregarse a los juegos inocentes, que exigía el retroceso sensible que habían experimentado de pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto el cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombrilla, todo lo que pudiera simbolizar la juventud, y se quedan gozosas con los atributos de la adolescencia. No sólo dejan flotando sobre la espalda su cabellera angelical, sino que se despojan del reloj, de las pulseras y sortijas que entregan a su papá, colgándose antes de su cuello para hacerle mil caricias como niñas sencillas y apasionadas que eran; hecho lo cual y al observar que algunos dignos oficiales del batallón de Pontevedra las contemplan, huyen ruborizadas y confusas, se recogen las enaguas con alfileres hasta dejar descubierto el pie y parte de la pierna, y en la inocencia de su corazón huyen, huyen siempre por el bosque adelante, esquivando como las ninfas de Diana las miradas ardientes de la oficialidad.

Y cuando llegan a un rincón apartado y solitario donde las sombras se espesan, donde no llegan los ruidos mundanales ni penetran los ojos maliciosos de los hombres, llaman con gritos de alegría, como pajaritos de Dios, a sus compañeras, las invitan a venir a disfrutar de aquella amable seguridad donde libremente pueden mostrar sus gracias y recrearse sin peligro de ser sorprendidas. Entonces una propone jugar a la cuerda y las demás acceden batiendo las palmas. Jovita es la primera. Salta, salta hasta que queda rendida y se deja caer sobre el césped, llevándose la mano al corazón, que palpita con la fatiga, no con la agitación insana de las pasiones juveniles. Luego salta otra, luego otra y otra hasta que todas se tienden exánimes pero risueñas, reflejando en sus mejillas sudorosas y en sus ojos entornados la dulce alegría que se escapa de un pecho inocente. Y en cuanto descansan se propone jugar «al milano que le dan—cebollita con el pan.» ¡Qué risa! ¡qué algazara! ¡cómo resuena el dormido bosque con las voces argentinas de aquellas bellas y tiernas criaturas! Cansadas de este juego se diseminan por un momento. Algunas forman grupo sentadas al pie del tronco de un roble y se cuentan en voz baja como suave gorjeo mil puerilidades encantadoras; otras se entregan apasionadamente a la busca de florecillas azules y hacen con ellas ramilletes que colocan en el pecho; otras se persiguen, como las golondrinas en el aire, con chillidos penetrantes. Otras, las más resueltas, dedican sus esfuerzos a la caza de cigarras y otros bichos temerosos. Pero luego tornan a juntarse porque hay una chica muy aturdida que apuesta a encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay otra maligna que dice que sí, que ella la ayudará. Manos a la obra. Empezó la animosa joven, que se llama Consuelo, a poner sus piececitos en las rugosidades del roble más asequible. La compañera maligna, que no es otra que Socorro, la tercera sirena del Jubilado, la sostiene. Encarámase al fin la primera en la cruz de dos ramas; asciende después a otra; aplauden las ninfas y la alientan con gritos de entusiasmo...

Mas he aquí que Rubio, el teniente de la tercera, hombre acreditado de audaz entre sus compañeros de arma y de un genio devastador para el sexo femenino, se presenta de improviso asomando su cabeza temeraria por encima de unas matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y quedan petrificadas en la actitud en que las sorprende. Consuelo, desde lo alto del árbol, le apostrofa con violencia. Si en su mano estuviera trasformaría inmediatamente en ciervo a aquel nuevo Acteón. Acá, para inter nos, es posible que prefiriese trasformarle primeramente en marido, sin perjuicio de acudir más adelante a la metamorfosis clásica... Pero Rubio, el teniente de la tercera, conoce perfectamente el valor de estos gritos y estos apóstrofes. No se inmuta; sonríe maliciosamente y llama con voz ronca a sus hermanos de armas. ¡Qué confusión, qué espanto entre aquellas risueñas hijas de los bosques al aproximarse en columna cerrada los hijos de Marte! Sin recoger las mantillas, ni los guantes, ni las sombrillas, nada en suma de lo que las pertenecía, huyen y se desbandan por la floresta lanzando gritos de terror. Pero los sátiros de pantalón encarnado las persiguen con saña, las atrapan aquí y allá y las traen cautivas enmedio de risotadas odiosas. Mientras tanto la pobre Consuelo, encima del árbol y bloqueada por tres de estos silvanos voluptuosos, se niega terminantemente a bajar mientras no se alejen por lo menos cincuenta varas. Ellos ¡los crueles! se niegan. Ruega la ninfa, se irrita, está a punto de llorar; pero ni su enojo ni sus lágrimas consiguen ablandar el corazón empedernido de los infames sátiros. Por fin se resigna a descender y, aunque toma muchas y castas precauciones, éstos logran ver un pie deliciosamente calzado y un nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo. Pero ¿dónde está Rubio? ¿Dónde está el más terrible y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al cabo de mucho tiempo sale de la espesura arrastrando consigo a Socorro, la más sentimental de las ondinas de D. Cristóbal. En los rasgos crueles de su fisonomía viene pintada la expresión del triunfo, y en los de ella la vergüenza y la sumisión de una cautiva. Muchas horas después, en las últimas de la noche, sentado a una mesa del café de Marañón y rodeado de ocho o diez de sus colegas, el teniente de la tercera narraba con sonrisa malévola el vencimiento de la ninfa, calculando lo menos en veinticinco o treinta los besos que logró robarle en distintos sitios de su rostro hechicero; y todos los hijos de Marte aplaudían y celebraban con homéricas carcajadas aquel nuevo triunfo de su heroico compañero.

Finalmente, los vencedores no se mostraron demasiado tiranos, y el orden se restableció gracias a la llegada oportuna de las señoritas de Meré, que venían acompañadas de María Josefa y de Paco Gómez. Las autoras y únicas responsables de todo aquello habían sacado el fondo del cofre. Carmelita traía un vestido de alepín de seda negra que sólo salía a relucir en las grandes ocasiones, al paso que Nuncita, por contar menos años y respetabilidad, podía lucir un traje claro con flores bordadas, como sólo se ven en los retratos del siglo pasado. Estaban alegres, rebosando satisfacción por los ojos; pero las piernas no respondían a aquella eterna juventud de sus corazones: caminaban apoyándose en sendas muletas y agarrándose con la mano libre al brazo de sus acompañantes. Fueron recibidas con vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas frases harto familiares, de esas que nadie más que las benditas de Meré consentían y reían. Por eso tenía poco mérito el embromarlas. Jamás se dio el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso que algunos se deslizaban en sus guasas hasta llegar no pocas veces a la grosería. En cambio eran muy propensas a la guerra intestina, esto es, a irritarse una con otra; pero ya sabemos en qué paraban siempre estas misas.

El espíritu temerario del teniente Rubio, apretado por las circunstancias, engendró una idea felicísima, es a saber: que para mejor pasar el rato hasta la hora de comer se construyese un columpio, donde las damas pudieran gozar la dicha de sacudirse el diafragma algunos instantes, y los caballeros la de proporcionársela moviendo galantemente el aparato. Dicho y hecho: se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en menos de un cuarto de hora queda todo terminado. Rubio, mientras se lleva a cabo, no deja de hacer guiños expresivos a sus compañeros, que comprenden, sonríen, callan, profundamente admirados, como siempre, de la audacia y penetración del teniente de la tercera. Ya está amarrado el columpio. ¿Quién es la primera? Todas manifiestan la misma vergüenza, idéntico rubor colorea sus mejillas. A una se le ocurre malignamente proponer que lo estrene Nuncita. Las demás aplauden la idea. Nuncita resiste aterrada. Carmelita ni concede el permiso ni lo niega. Las instancias se repiten sin cesar. Los mancebos encuentran la idea cada vez más original. Al fin, casi a viva fuerza, entre los aplausos frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo alférez de la primera, levanta en brazos a la Niña y la sienta en la tabla.

—¡Agárrate bien, Nuncia!—le grita Paco Gómez, mientras el citado alférez y algunos otros amigos empiezan a mecerla.