—¡Suave, suave!—exclama Carmelita.

No hay cuidado; así lo hacen, porque temen dar con ella en tierra. Pero aun moviendo el columpio con parsimonia, el aire consigue levantar, al poco tiempo, las enaguas de la antigua doncella. Los oficiales ríen y empujan el columpio para que se vea más.

—¡Fuerte, fuerte, que algo se pesca!—les grita Paco Gómez.

Las muchachas, entre risueñas y avergonzadas, se tapan la cara y se abrazan unas a otras diciéndose palabritas al oído.

—¡Alto, alto!—exclama Carmelita.—¡Paren ustedes!

Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van subiendo, subiendo: no se sabe dónde se van a detener.

—¡Alto, alto! ¡Por Dios, señor alférez!

—¡Anda con ella!—rugen los militares.

Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nuncita está tan asustada que no tiene tiempo a pensar en el pudor.

—¡Señor alférez! ¡Señor capitán!—grita Carmelita toda temblorosa, agitando los brazos, la mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra la superior, desdentada también, con un estremecimiento particular.—¡Señor capitán, téngase por Dios! ¡Por la Virgen del Amor Hermoso!... ¡Pare! ¡pare!... ¡pare!