—¡Sooó!—exclama Paco.

Pero el capitán es sueco y sigue apretando. Las enaguas de Nuncita se encuentran ya en la más alta cúspide adonde pueden llegar. Las jóvenes se vuelven de espaldas; algunas corren riendo a ocultarse entre los árboles. Sólo cuando hubieron consumado su obra de desvergüenza se consiguió que los oficiales aplacasen y permitiesen a Nuncita tomar tierra. Su hermana, en vez de enojarse con los culpables, la emprende con ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos.

—¡Bájate, picarona! ¡Escandalosa! ¿Es ésa la educación que has aprendido de tus padres? ¿Es eso lo que te aconseja el confesor?

Nuncita, aterrada, empieza a hacer pucheros y suelta la llave de las lágrimas. La juventud masculina, lo mismo que la femenina, tratan de calmar a la enfurecida Carmelita. El capitán y el alférez echan sobre sí toda la culpa. Es en vano. La cólera no se apaga hasta que no se descarga de palabras bien ofensivas y pesadas. La pobre Niña, sentada en el suelo, sollozando, con la cara oculta entre las manos, excita la compasión de todos los presentes, que no cesan de interceder por ella.

Se trata de saber cuál es la que ha de subirse al columpio después. Ninguna quiere: es natural. ¿Cómo han de dejarse columpiar por hombres tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano que militares y paisanos expliquen su conducta en el suceso anterior y hagan juramento de no reincidir y estar comedidos y prudentes y siempre a las órdenes de las damas. Éstas no se fían. Sobre todo el teniente Rubio les inspira un terror pánico considerándolo, y no sin razón, como el alma de todas aquellas intrigas libidinosas.

Pero cuando más desesperanzados estaban, he aquí que Consuelo, aquella niña aturdida y resuelta que hacía poco se había encaramado en un árbol, habla al oído a una compañera y luego se adelanta y dice, con espanto de sus compañeras:

—Yo me subo. Ayúdenme ustedes.

Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas palabras. Por algunos instantes no se oyó más que ¡viva Consuelo! ¡viva Consuelo! entre la muchedumbre frenética. No hay quien no quiera ayudarla y quien no la colme de flores y agasajos. El alférez atlético, con ademán caballeresco, pone una rodilla en tierra y la invita a que afiance el pie sobre su muslo. La intrépida joven no se hace de rogar y lo ejecuta, sentándose de un salto en la tabla. Lo mismo militares que paisanos se las prometen muy felices y cambian entre sí miradas de inteligencia, decididos a faltar a su palabra y a pagar la confianza de la niña con la más negra traición. Mas cuando ya se disponían a dar comienzo a su obra maléfica empujando el aparato, Consuelo hace seña a su compañera. Se adelanta ésta con un puñado de alfileres y en un instante le prende las enaguas por debajo, de tal manera que no hay forma de que se le vea ni la punta del pie aunque echen a vuelo el columpio. El sexo femenino aplaude con entusiasmo loco.

—¡Bien, Consuelo! ¡bien!

El masculino, enfadado y mohíno, no se atreve, sin embargo, a protestar ruidosamente, pero murmura de aquella falta de confianza, mientras la interesada, orgullosa de su ocurrencia, los contempla con sonrisa burlona. La desgracia fue completa. Los alfileritos obtuvieron un éxito tan lisonjero que no hubo niña que se subiese al aparato que no se hiciese coser la ropa previamente con ellos.