—Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres decir todo tú?
El indiano empezó a inquietarse. La exaltación de la joven iba en aumento. Hablaba por los codos y le tuteaba rudamente.
—Dame un cigarro.
—¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va a usted a marear.
—¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marearme! Tú no sabes ya qué inventar para fastidiarme. Dame un cigarro o te dejo ahí plantado.
El indiano sacó la petaca: la gentil heredera tomó de ella una breva, le arrancó con sus dientes etiópicos la punta y pidió por señas un fósforo. Granate se lo ofreció encendido, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en señal de disgusto.
Cuando hubo dado dos o tres chupadas, puso un gesto avinagrado y exclamó:
—¡Qué cigarros tan infames! Mira, fúmatelo tú.
Y se lo puso en la boca.
No fue, no, avinagrado el gesto de Granate al chuparlo.