—¡Ya lo creo que me lo fumaré!—exclamó sonriendo beatamente.—Me salen a doscientos pesos el millar... Pero ahora, después de chuparlo usted, vale un millón...

—Vamos, no empieces a decir brutalidades. Llévame a casa... Esta luz me marea.

Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo. Allí un pollastre les dijo desde lejos:

—¿Dónde van ustedes? La gente está en el bosque.

—Dígale usted a la gente que me río de ella—respondió Fernanda con gesto furioso que hizo sonreír al muchacho.

—¿Tú no conoces la casa?—añadió bajando la voz y dirigiéndose a D. Santos.—Pues voy a enseñártela toda. Verás.

Subieron la mohosa y estropeada escalera. Fernanda, sin cerrar boca, fue recorriendo todas las habitaciones del caserón y mostrándolas al indiano.

—¡Aquí está el célebre cuarto de la condesa!—exclamó con singular entonación al llegar a él.—Vamos a entrar. Estoy cansada.

Entraron y la joven cerró la puerta.

—¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más hermoso y más pícaro de la casa. Si estos muebles se pusieran a contar secretos divertidos, no concluirían nunca... Mira, dime pronto algo que me haga reír, porque si no vas a ver cómo empiezo a llorar lo mismo que una colegiala... ¿Lo ves? Ya estoy llorando... Siéntate ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco traes! ¡Qué bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla esa cama. Es grande, ¿eh? es ancha, es hermosa, es artística. Pues mira, yo la quemaría... Por no sentarme en ella, voy a sentarme sobre tus rodillas...