Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga tan dulce quedó enajenado, y con increíble audacia le pasó un brazo por la cintura. La joven se alzó como si la hubiera pinchado.
—¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en la manigua y soy alguna negra cimarrona?
Después de contemplarle un rato con ojos coléricos, su fisonomía se fue serenando, sus labios se dilataron con sonrisa dulce.
—¿Me quieres mucho?
—¡Casi na!—dijo el indiano con acento picarón.
—Pues vas a ser feliz un momento. Mira, te voy a permitir que me des un beso... uno solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no lo ha de saber nadie...
El indiano hizo un juramento espantoso.
—Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en la sien. El primero y el último que me has de dar en tu vida... Espera un poco—añadió alzándose otra vez.—Por este beso yo te he de dar cincuenta bofetadas en esos carrillos azules... ¿Admites el trato?
Granate consintió inmediatamente. La niña volvió a sentarse sobre sus rodillas e inclinó la cabeza para recibir el beso.
—¡Bueno, ahora llega mi turno!—exclamó con infantil alegría.—Prepárate a recibir los bofetones... ¡Qué carrillos, Dios mío, tan magníficos! ¿Ves que son azules?... Pues te los voy a poner verdes... ¡Atención!... ¡Una!... La primera... ¡Dos!... La segunda... ¡Tres!... La tercera... ¡Cuatro!... ¡Cinco!