La mano breve y torneada de la hermosa chasqueaba ruidosamente en las carnosas mejillas del indiano. Los ojos de éste comenzaron a ponerse encendidos y encarnizados, como los de un lobo, su sangre llameó repentinamente y con brusco ademán la sujetó brutalmente por la cintura.

Fernanda dejó escapar un grito ahogado.

—¿Qué tienes?... ¿Por qué te enfadas?... ¡Déjame!... ¡Déjame, bruto!

Luchó, forcejeó con desesperación, pero no logró desasirse...

Al apartarse, la embriaguez había desaparecido por completo. Dirigió una mirada vaga, extraviada, al indiano. Pero esta mirada adquirió súbito expresión de espanto, se fijó en él como en un animal extraño que la viniese a acometer.

—¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí!—exclamó llevándose la mano a la frente.—¡Dios mío! ¿Qué me pasa? ¿Estoy soñando?...

Y volviendo a clavarle sus ojos irritados, amenazadores, le gritó con rabia:

—¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga usted inmediatamente! ¡Salga usted! ¡salga usted!—repitió con grito cada vez más alto.

Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la puerta ella se lanza de pronto fuera, sale disparada por los pasillos y, al llegar cerca de la escalera, cae atacada de un síncope.

La levantaron, la prodigaron mil cuidados. Al recobrar el sentido brotó de sus ojos un raudal de lágrimas; no cesó de llorar en toda la tarde. Cuando la comitiva se puso de nuevo en marcha hacia la población aún seguía llorando.