Estas ambiguas palabras les puso aún más inquietos.
D. Pantaleón sacó de los profundos bolsillos de su gabán un compás de gruesos y le midió la longitud de la cabeza. Luego leyó en voz baja los milímetros a Moreno, el cual torció el hocico. Tomó después el ancho, y su resultado tampoco les satisfizo. En ambos iba creciendo la inquietud. Sin embargo, procuraban estar finos, y lo echaban a broma de modo que el hombre no se incomodase.
—Cuidado con que no me apriete el sombrero—dijo éste riendo.
Le tomaron después la medida de la talla y la longitud de los brazos en cruz. Al ver el número que señalaba la cinta se dirigieron una mirada de ansiedad: la consternación más profunda se pintó en sus semblantes.
—El traje holgadito, ¿eh?
Pero ni Moreno ni el ingenioso Sánchez estaban de humor para reírse. Lo hicieron, sin embargo, pero resultó la risa del conejo.
—Si usted me hiciera ahora el favor de la mano...—dijo D. Pantaleón con voz temblorosa.
—Hombre, es usted muy viejo... pero, en fin, allá va.
—No, la derecha no, la izquierda.
—¡Vaya por la zurda!—exclamó el hombre alargándola.