—Pero ¿qué culpa tienen esos pobres niños?—exclamó cada vez más estupefacto el hombre.—¿Qué culpa tienen esos pobres niños de que su padre sea un bandido?
Una sonrisa de lástima contrajo los labios e hizo brillar un momento los ojos mortecinos de Sánchez.
—¿Culpa? Esa palabra es un absurdo científico. El delito es un fenómeno, ¿sabe usted? un fenómeno natural. Nadie tiene culpa de él. Al criminal se le debe matar, no porque tenga culpa, sino porque produce una perturbación en el organismo social. Y como esa perturbación se ha de prolongar si tiene hijos por medio de la herencia, precisa eliminar también a esos hijos.
—Me parece a mí, señor—repuso el caminante, que sólo vagamente había comprendido las palabras de D. Pantaleón,—que si a esos niños se les educara con cariño serían personas honradas. Yo conozco al mayor, y parece muy humilde el pobrecillo.
—Sería inútil, créame usted. Hoy se ha adelantado mucho en esa materia. Hoy se sabe perfectamente, examinando el cráneo y los antecedentes hereditarios de cada hombre, quién ha de ser criminal y a qué clase ha de pertenecer, esto es, si ha de ser asesino, incendiario, estafador, etc. Así es que yo creo, y me propongo publicar un folleto sosteniéndolo, que todos los hombres deben ser reconocidos al llegar a cierta edad por antropólogos competentes, y si presentan los caracteres del tipo criminal, que sean eliminados inmediatamente de la sociedad, si no por la muerte, al menos por la deportación.
No respondió el caminante. Volvió a examinarlos con un poco de recelo y cambió de conversación. Al cabo de un rato, deteniéndose, les propuso desviarse de la vereda y tomar un atajo a campo traviesa. Nuestros antropólogos aceptaron sin vacilar, porque estaban ya bastante rendidos.
Marchaba el desconocido delante y ellos detrás. A los pocos minutos, fijándose por necesidad en él D. Pantaleón, creyó notar en su figura algunos signos que le llamaron la atención. Inmediatamente volvió la cabeza y comunicó en voz baja sus observaciones con Moreno. Éste se fijó con más cuidado y corroboró lo que su sabio compañero decía. Cuchichearon animadamente a intervalos. Por último, D. Pantaleón, no pudiendo resistir la gran curiosidad, con mezcla de inquietud, que sentía, tocó en el hombro con su paraguas al desconocido y le dijo:
—Va usted a dispensarme que le pida un favor. Mi compañero y yo nos dedicamos a los estudios antropológicos, como ya he tenido el honor de decirle. Estoy observando en su cabeza, algo que me llama la atención, y si usted no tuviera inconveniente, le agradecería me permitiese tomarle algunas medidas...
El hombre se detuvo, les miró con estupor unos instantes y luego echó una mirada recelosa en torno para cerciorarse sin duda de que se hallaban en completa soledad. Esta mirada ávida causó gran impresión en nuestros antropólogos.
—Bueno—dijo el desconocido.—Tomen ustedes las medidas que gusten, pero les advierto que hace mucho tiempo que estoy cerrado.