Los sabios quedaron un poco embarazados. Al cabo Moreno dijo:

—No, señor; somos antropólogos.

El hombre les contempló con gran sorpresa y mayor respeto aún. No sabía qué era aquello, pero calculaba que debía de estar relacionado de cerca con el gobierno.

—Pues si quieren pasar por V..., adonde voy, tendrán compañía y menos polvo.

Aceptaron la oferta. Tomaron la vereda que a aquel pueblo conducía, y Moreno y Sánchez, que no perdían la ocasión de enriquecer su cuaderno de notas con las observaciones antropológicas que podían recoger, le abrumaron instantáneamente a preguntas. El caminante les respondía de buen grado. Era de fisonomía inquieta, ademanes sueltos y voz propensa a alterarse. Parecía de carácter franco y alegre. Moreno, encargado de las observaciones botánicas, geológicas y zoológicas, le hizo bastantes preguntas sobre la naturaleza del suelo y sus productos. El ingenioso Sánchez, a quien competían las biológicas y sociológicas, se informó minuciosamente del carácter y costumbres de los habitantes. La conversación vino por fin a recaer sobre el Pollo.

—¿Tiene familia?—preguntó D. Pantaleón.

—Sí, señor; cinco hijos.

—¡Ah! Pues entonces no se hubiera hecho nada con ahorcarle si no se ahorca también a sus cinco hijos.

—¡Cómo!—exclamó el caminante dando un paso atrás.—¿Quería usted que a esas criaturas, que la mayor tiene nueve años...

—Desde luego—repuso grave y firmemente D. Pantaleón.—Para destruir el delito es absolutamente indispensable destruir los gérmenes.