El vino despierta siempre con viveza los sentimientos tiernos y las ideas metafísicas. Así que a los postres, varios de aquellos presbíteros se juraban, estrechándose la mano, eterna fidelidad. Algunos se prometían ayuda corporal en el caso de que el sagrado pasto de los mansos parroquiales fuese violado por las ovejas de los incrédulos. Se hacían reticencias oscuras sobre el obispo, que les hacía prorrumpir en carcajadas desaforadas; se dirigían pullas amistosas acerca de los derechos de pie de altar que cada cual recogía; se hablaba con enternecimiento de la cosecha y se probaba matemáticamente la existencia de Dios.

Esto último no quería oírlo Moreno, quien alimentaba hacia el Ser Supremo un rencor que D. Pantaleón hallaba bien justificado. En realidad, no se abandona así a un hombre en medio del arroyo, expuesto a que todo el mundo lo pise. Y claro está, Moreno hacía contra él lo que más rabia podía darle: le negaba la existencia. Sin embargo, como se hallaba entre sus ministros, le guardaba ciertos miramientos que en otro sitio se hubiera desdeñado de concederle.

—Con permiso de usted, a mí me parece que la existencia de un ser creador de todas las cosas no es tan fácil de probar.

—Se prueba, como tres y dos son cinco—gritó un presbítero escanciándose una copita de aguardiente.—Verá usted si lo pruebo...

Y así que la hubo bebido comenzó a soltar con calma una serie de silogismos en latín que haría estremecer a Tito Livio en su tumba. Los compañeros le escuchaban con poca atención, pero movían la cabeza afirmando. Desde hacía muchos años no se celebraba en los contornos ninguna fiesta parroquial en que después de la comida faltasen los silogismos del cura de N... En cuanto bebía la tercer copa de anisado, ya se sabía, era necesario probar las verdades de la fe.

—Todo eso estará muy bien—replicó atajándole Moreno,—pero dígalo usted en castellano para que yo pueda contestarle.

El clérigo le echó una mirada de soberano desprecio.

—¿No sabe usted latín?... ¡Vaya, vaya a la escuela!

Los compañeros rieron mucho. Moreno, picado en lo vivo, replicó que el latín sólo servía para hacer pedantes, que lo que se había escrito en este idioma no tenía ya utilidad para los grandes adelantos de la ciencia, y que las mismas Escrituras no se habían escrito en latín, sino en hebreo. Con este motivo se empelotaron en una disputa violenta y agria. En el curso de ella Moreno, aunque procuraba tener la lengua por hallarse en casa ajena y entre gente fanática, no pudo menos de verter algunos conceptos poco respetuosos hacia Moisés. El presbítero gordo, que era sin duda el más irritable del concurso y había escuchado la disputa con visible impaciencia, se enfureció de pronto.

—Oiga usted, amiguito, eso que está usted diciendo es herético.