—Yo digo lo que se me antoja.

—Es usted un badulaque.

—Y usted un...

—¡Alto, señores!... ¡Alto!... ¡Un poco de calma!... ¡No irritarse!...

Hubo algunos instantes de confusión. El presbítero quería arrojarse sobre Moreno y Moreno sobre el presbítero. A duras penas lograron contenerlos, sobre todo al primero, que era hombre de bríos.

Cuando se restableció un poco el sosiego, el ingenioso Sánchez, radiante de majestad filosófica, se levantó de la silla, y con grave ademán y sonrisa dulce, cerrando los ojos con un sentimiento de completo bienestar, habló de esta manera:

—Señores, en este momento acaba de producirse aquí un fenómeno del orden natural, y siendo del orden natural, absolutamente necesario. ¿Y por qué es necesario? Porque como ha dicho muy bien un ilustre pensador, las leyes de la Naturaleza son eternas e inmutables. El fenómeno que aquí se ha producido es el de dos cuerpos que, caminando por el espacio en sentido contrario, se encuentran. ¿Qué acontece entonces? Que si la fuerza de ambos es idéntica se neutraliza y quedan en reposo; si la del uno es mayor que la del otro, el primero consigue arrastrar al segundo... Yo espero, señores, que en el presente caso sucederá lo último...

La sonrisa de Sánchez se hizo aún más dulce. Sus ojos opacos, benignos, pasearon una mirada por los circunstantes, que le escuchaban con la boca abierta.

—Señores: una piedra que no esté sostenida por algo caerá seguramente. Es un hecho comprobado por la experiencia. Éstos son los hechos que nos competen a mi amigo Moreno y a mí. Pero hay otros hechos, tales como las ideas de Dios, de la inmortalidad, de lo bello y de lo justo, que no están comprobados por la experiencia y esos os competen a vosotros. Vosotros representáis la infancia de la humanidad; por eso en vosotros existe la debilidad y la inocencia que caracterizan a los niños, algo amable y hasta cierto punto digno de respeto, que yo me complazco en reconoceros. Nosotros representamos la edad viril; por eso en nosotros existe la fuerza, el poder, la dureza si es caso, que son las cualidades del hombre en la plenitud de la vida. Vosotros sois los apóstoles dulces de los sueños infantiles: encariñados con vuestras ideas como los niños con sus juguetes, tembláis y suspiráis cada vez que un hombre inflexible como mi amigo Moreno extiende brutalmente su mano para arrancároslos... Por desgracia, tal dureza es de absoluta necesidad, y así como a los niños se les quita los juguetes para encaminarlos a la escuela, mi amigo Moreno ha necesitado mostraros su poder y su fuerza para que os hagáis cargo de que ha llegado el momento de someter vuestro criterio al yugo inflexible de los hechos. La ciencia, incansable en la investigación de la verdad, ha arrancado a los dioses el cetro y la corona. ¿Y para qué les ha arrancado el cetro y la corona? Para dárselo al calórico, al magnetismo, a la electricidad... Pero vosotros permanecéis fieles a las antiguas ilusiones; lloráis la ruina de vuestras creencias: no seré yo el que os recrimine por esto. Sin embargo, creo que ha llegado ya la hora de secarse las lágrimas, de abandonar los lirismos, de despojaros de esos hábitos y poneros la blusa del operador. ¿Y para qué os habéis de poner la blusa del operador? Para ayudarnos a desterrar de la humanidad todo lirismo, toda poesía, toda superstición. Es necesario abrir los ojos y comprender que el misterio de la existencia no es tal misterio. La ciencia lo ha explicado ya cumplidamente. Es necesario entender que no hay un solo Dios, sino cuatro, que son el oxígeno, el hidrógeno, el carbono y el ázoe...

Al llegar a este punto dio una gran voz el párroco y se levantó de la silla, irguiéndose su figura recia, avellanada, sobre todas las demás, fulminando rayos por los ojos.