El médico no estaba en el pueblo. En su lugar vino el albéitar. Los sabios antropólogos dieron un paso atrás, abriendo los ojos desmesuradamente al ver entrar al Pollo.

—¿Quién es ese hombre?—preguntó D. Pantaleón a un clérigo.

—¿Quién ha de ser? El albéitar.

Los dos sabios se miraron uno a otro largamente, con sorpresa por parte de Sánchez, con sorpresa y reconvención por la de Moreno.

—¿Ha tomado usted con exactitud las medidas?—dijo éste, al fin, en voz baja.

—Perfectamente—repuso D. Pantaleón muy quedo también.

—¿No se habrá corrido el compás?

—Ni un milímetro; estoy seguro.

Moreno sacudió la cabeza con gesto dubitativo, mientras su amigo continuaba asegurando por medio de expresivos ademanes la exactitud de los datos antropométricos que había tomado.

El albéitar reconoció al herido y recetó un bálsamo. Al levantar una de las veces la cabeza y reconocer a sus compañeros de viaje preguntó con semblante risueño: