—¡Hola, camarás! ¿están ustedes por aquí? ¿Quieren explicarme por qué han escapado de mí hace poco, como si fuese del diablo?

Los fisiólogos se pusieron colorados.

—No escapamos—balbuceó Sánchez,—es que teníamos prisa de llegar al pueblo.

El albéitar les miró un instante con sorpresa y bajó de nuevo la cabeza para atender a la del herido.

Moreno y Sánchez se hicieron una seña, y aprovechándose de la distracción general, se escabulleron bonitamente, bajaron la escalera y se plantaron en la calle. Desde allí dirigiéronse a la estación del tranvía, y metiéndose en el primero que salió, regresaron en pocos minutos a Madrid, no muy contentos del resultado de aquella famosa salida antropológica.

XIII

Durante año y medio Mario desempeñó atentamente cuantos trabajos le encomendaba su amigo y protector Rivera. Mas no se despidió por eso de su antigua afición a la escultura. En su gabinete, a las horas que tenía libres, seguía rindiéndole el mismo culto fervoroso y humilde. Miguel había hecho poco caso hasta entonces de aquellas aficiones. Mas un día, al pasar por delante del cuarto de su amigo, viendo por la puerta, que se hallaba entreabierta, una figura tapada con un lienzo, se decidió a entrar. Levantó la tela y quedó gratamente sorprendido. Era una pequeña figura de cuatro pies de alto que representaba a Ofelia coronada de flores. Había tanto desembarazo en la postura, tal delicadeza en las facciones, tanta inocencia en la expresión, que jamás había visto una interpretación más viva de la inmortal heroína de Shakespeare. Quedó pensativo y preocupado. Cuando Mario llegó a comer le preguntó afectando indiferencia:

—¿Cuándo has terminado esa figurita que tienes en el cuarto?

Mario se puso colorado.

—Aún no está terminada; faltan algunos detalles.