—No está mal hecha. Hay verdadero sentimiento en ella; se conoce que el Hamlet te ha impresionado hondamente.

Como Miguel era parco en los elogios y su espíritu más propenso a la burla que al entusiasmo, al menos en apariencia, Mario experimentó al oír tales palabras vivo placer.

Trascurridos algunos días, Rivera volvió a sacarle la conversación de la escultura. Se anunciaba una exposición de bellas artes para la próxima primavera. Con tal motivo hablaron de los pintores y escultores más en boga, ponderando los méritos de cada uno. Después de larga pausa en que Miguel quedó pensativo, dijo de pronto:

—¿Por qué no haces algo para la exposición?

Mario pareció confuso. Bajó la cabeza balbuceando algunas frases que revelaban su modestia.

—Creo que estás un poco equivocado respecto a tus fuerzas—replicó Rivera.—No es malo, porque el artista que se engríe se amanera: precisa estar descontento siempre de lo que se hace para progresar. Pero no basta que tú te juzgues: es necesario que te juzguen los demás, y no sólo los amigos, sino el público, o por mejor decir, los hombres de gusto que hay dentro de él. Cuando conozcas una muchedumbre de juicios, comparándolos después con el tuyo, podrás formar idea aproximada de lo que vales. El mío es que tienes aptitud para el arte que cultivas. Si creyese que no la tenías me guardaría de proponerte que presentases obra alguna en el certamen, porque te quiero demasiado para exponerte a hacer un papel desairado o ridículo. Piénsalo, pues, bien, y si hallas en tu imaginación algún asunto adecuado a tus facultades, dímelo y hablaremos.

Con estas palabras Mario quedó profundamente meditabundo. Anduvo varios días inquieto, preocupado, silencioso. Al cabo, dirigiéndose a Miguel con brusco ademán y una particular sonrisa, cuya amargura no se le escapó a aquél, le dijo de pronto:

—He pensado en aquello, D. Miguel. No se me ocurre nada. Más vale que olvidemos eso y sigamos como hasta ahora rindiendo culto al arte de Fidias en secreto y en los ratos de ocio.

Miguel le miró en silencio y con atención algunos momentos.

—No es verdad. Me estás engañando y te invito a que no lo hagas. Creo tener derecho a que me hables con franqueza.