Se obstinó todavía algún tiempo; pero viendo a su amigo triste y disgustado, le dijo al fin esforzándose por sonreír:

—Hace ya tiempo que se me ha ocurrido un pensamiento; pero no me creo con fuerzas para llevarlo a cabo... Además, se exigen una porción de medios...

—Explícame el pensamiento.

Se trataba de un grupo representando la profecía del Tajo al rey D. Rodrigo tal como se describe en la famosa poesía del maestro Fray Luis de León. Aparecerían en él tres figuras: la del rey y la Cava en tamaño natural; la del río en colosal. El pedestal iría cubierto de bajos relieves representando diversos episodios de la invasión árabe y la caída del imperio gótico.

—Ya usted ve que necesito todo mi tiempo—concluyó diciendo,—si he de terminarlo para la época de la exposición, y un local a propósito.

Miguel no respondió. Se apartaron en silencio. Al día siguiente le condujo de paseo al barrio del Pacífico. Al pasar por delante de unos almacenes sacó una llave, abrió una puerta y empujándole dijo:

—Ahí tienes taller. El tiempo también es tuyo. ¡A trabajar!

Mario le abrazó con efusión. El recinto era espacioso, de techo elevado, lleno de luz. Se trasportaron los útiles inmediatamente, se compró lo que hacía falta y desde la mañana siguiente bien temprano Mario apenas salió de allí más que para dormir. Por espacio de algunos meses vivió en un estado febril; apenas comía, apenas dormía; tan profundamente distraído, que se le olvidaban los menesteres más corrientes de la vida. Si Carlota no le vigilase saldría a la calle con las botas rotas o sin corbata. Hablaba poco y no siempre acorde.

Algunas veces Miguel y Carlota iban a visitarle al taller. Pero, aunque no lo manifestase, estas visitas le turbaban. Únicamente cuando traían a su hijo olvidábase de la obra que tenía entre las manos, como del resto del mundo; lo estrechaba contra su corazón, lo besaba con frenesí y parecía que de aquel contacto mágico sacaba nuevas fuerzas y nueva inspiración.

Una tarde Rivera y Carlota llegaron al taller. Al empujar la puerta vieron al joven revolcándose por el suelo y mesándose los cabellos mientras lanzaba imprecaciones y palabras incoherentes. Carlota quiso precipitarse a su socorro, pero la retuvo Miguel.