—Usted, amigo Sánchez, al observar cualquier suceso tratará de investigar su razón de ser. Consiste en que usted es filósofo. Yo no veo más que la situación, porque soy poeta, poeta dramático principalmente. Así que no diré que el acto de su hijo político sea bueno o malo. Lo único que afirmo es que es un acto bello. Para mí basta. Puede usted decirle de mi parte que en cuanto termine el segundo acto de la comedia que ya conoce (que será en la semana próxima, Dios mediante), pienso escribir sobre su acción heroica unos tercetos que mandaré a La Ilustración Española. Quizá esto le sirva de consuelo en su enfermedad, porque Mario es, como yo, artista ante todo.
Al pronunciar estas consoladoras palabras la voz del poeta burocrático resonaba lúgubre, profunda, como si en vez de ofrecer a la imaginación imágenes brillantes de dicha y alegría se hallase invocando a los espíritus infernales en algún cementerio a las doce de la noche.
Los tertulios, bajo la influencia de esta voz sepulcral, quedaron sombríos y mudos. El mismo D. Pantaleón, con ser un espíritu tan analítico, no pudo menos de experimentar el sentimiento de desolación que la voz de D. Dionisio producía. Atusose el desmayado bigote con inconcebible gravedad, tosió ligeramente y manifestó por lo bajo a su amigo Moreno que la poesía no era más que un estado congestivo y muchas veces morboso del cerebro. Moreno hacía ya tiempo que había adquirido esta preciosa certidumbre; pero acogió la observación con el respeto debido a las grandes verdades del orden físico.
Guardó silencio unos momentos, y al cabo respondió que en su concepto los poetas no eran otra cosa que alienados. También D. Pantaleón sabía esto hacía tiempo, mas no por eso dejó de mostrarse satisfecho por escucharlo una vez más. Moreno prosiguió sus observaciones en voz baja, afirmando que donde se conocía perfectamente la identidad del poeta y del loco era en la orina. En uno y en otro aumenta considerablemente la urea en ciertos períodos.
—Verá usted—añadió tocando en el muslo a Sánchez—cómo comprobamos en seguida este dato.—Oiga usted, D. Dionisio—siguió, dirigiéndose al bardo,—después que usted termina de escribir una composición poética ¿no siente usted cierto prurito en la vejiga?
—Sí, señor; suelo tener deseos de orinar, sobre todo cuando estoy demasiado tiempo sentado a la mesa—respondió con extremada amabilidad Oliveros.
—¿Y no ha observado usted si en la orina suelen quedar algunos sedimentos?
—Muchos sedimentos. Yo orino casi siempre barroso.
Moreno dirigió a su amigo una sonrisa triunfal, hizo algunos guiños expresivos y por último le dijo al oído:
—Fosfato úrico. La orina de los dementes se caracteriza por el predominio de la urea.