—Y diga usted—prosiguió en voz alta,—¿no suele usted tener los pies fríos?
—Helados. En el invierno gasto dos pares de calcetines porque no los puedo sufrir.
—Y la cabeza ¿no se le calienta a usted?
—¿La cabeza? ¡hecha un volcán!
D. Dionisio comprendía que se trataba de ciertas particularidades propias de los poetas y estaba satisfechísimo de ostentarlas.
—Los locos—repuso Moreno a la oreja de su amigo—tienen siempre las extremidades frías y la cabeza caliente.
Con esto el ingenioso Sánchez se creyó en el caso de responder que muchos de los hombres que la humanidad admira como genios sublimes han sido verdaderos dementes. Moreno se hallaba tan conforme con esta observación, que la hizo extensiva no sólo a los poetas, sino a los grandes filósofos, reformadores, matemáticos, historiadores, y por supuesto a todos los santos y santas que la religión venera. Sócrates, Newton, Rousseau, Corneille, Séneca, Catón, Beethoven, Dante y otros varios, fueron verdaderos orates. Estudiando con atención la vida de los grandes hombres, se encontraría siempre un ramo de locura en ellos.
—Lo que ha dado en llamarse genio, para mí es una enfermedad de los lóbulos cerebrales—resumió Moreno.—La santidad, una declarada locura. ¿Qué me dice usted de San Francisco de Asís abrazando y besando a los leprosos? ¿No es un caso de locura inmunda como la de esos desgraciados que suelen verse en las celdas de los manicomios gozando en revolcarse entre sus excrementos? ¿Qué opina usted de Santa Teresa de Jesús? ¿No le parece a usted increíble que haya aún quien tome en serio los desatinos que escribe?
—¡Oh! Santa Teresa es un curiosísimo caso de alucinación. El doctor Charcot hubiera sacado gran partido de ella a haber vivido en su tiempo—respondió Sánchez reflexivamente.
Hubo algunos instantes de silencio. Los dos fisiólogos meditaban. Al cabo se dibujó una significativa sonrisa en los labios de Moreno y profirió, dando a sus palabras marcada intención irónica: