—Salía con el padre Iturralde cuando usted entraba, y no podía detenerme porque íbamos de prisa a la conferencia de San Vicente.

—Pues yo estuve dos días con un catarro, pero ya pasó. Siéntese usted, criatura, que me da pena verle en pie.

Godofredo Llot, elegantemente vestido, y con el mismo rostro nacarado y candoroso de siempre, obedeció a la invitación y se sentó frente a la prendera.

—¿Y cuándo es la boda?—preguntó ésta después de algunas frases insignificantes.

El hijo predilecto de la Iglesia sonrió lleno de confusión.

—¡Oh! No hay aún plazo señalado, D.ª Rafaela, pero contando con la voluntad de Dios, me parece que no está muy lejos.

—Me alegro, me alegro, hijo. Ella va bien y usted lo mismo. Creo que es muy rica.

—Señora, esas cosas son para mí tan secundarias que no he querido averiguar nada—respondió Llot modestamente.—Sólo sé que es muy piadosa y que pertenece a una familia cristiana.

—Eso es lo principal, querido—repuso la señá Rafaela adoptando repentinamente una actitud de mística beatitud.—Los bienes terrenales ¿qué son comparados con los del cielo? Hay que sembrar aquí para recoger allá. Los sentimientos religiosos ante todo. Pero voy a decirle una cosa: las muchachas ricas son tan buenas como las pobres... y además son ricas.

—Es lo mismo que me dice el padre Laguardia—manifestó Godofredo con un acento de inocencia que conmovió a la buena prendera.