—Hablemos, sí, señora. Yo no puedo olvidar ni un instante los favores que se me hacen. Precisamente había venido esta noche a arreglar nuestras cuentas.

—¿Pero qué prisa corre, criatura? Tan seguro tengo el dinero en su poder como en el mío.

—Sin embargo, por lo mismo que ha sido usted tan buena siempre para mí, no quisiera perjudicarla en lo más mínimo. Vamos a ver lo que le debo.

Al mismo tiempo sacó del bolsillo un librito de memorias y leyó con voz suave diversas cantidades que la anticuaria le había prestado en distintas ocasiones: un día treinta duros, otro setenta, otro cincuenta. Entre todas sumaban mil quinientas cincuenta pesetas.

—Bueno—dijo el joven metiendo la cartera de nuevo en el bolsillo.—Vamos a hacer una cifra redonda. Le debo a usted dos mil pesetas.

—No, señor; no me debe usted más que mil quinientas cincuenta.

—Sí, señora, le debo a usted dos mil, porque va usted a hacerme el favor de prestarme otros noventa duros... Necesito hacer algún regalito a mi novia y tengo poco dinero—manifestó el joven poniéndose rojo como una amapola.

D.ª Rafaela quedó un poco sorprendida de aquel modo original de saldar cuentas; pero viendo el rostro de Godofredo cubierto de rubor, sus ojos serenos, inocentes, posarse dulcemente sobre ella con encantadora expresión de vergüenza, no pudo menos de sonreír.

—¡Conque regalitos, eh! Vamos, no se ponga usted colorado.

El hijo predilecto de la Iglesia se puso mucho más rojo aún. Parecía que iba a saltar la sangre de sus tersas mejillas.