Godofredo estaba inquieto, porque la plática se inclinaba demasiado a la murmuración. Así que, bajando los ojos con suave expresión de mansedumbre, dijo en voz apagada:

—A uno y a otro les ha de juzgar Dios. A nosotros no nos toca más que compadecerlos y hacerles todo el bien que podamos.

La prendera le miró enternecida.

—¡Oh, qué dichosa sería su mamá si fuera todavía de este mundo! Desde el cielo le estará bendiciendo.

—¡Así sea!—exclamó el joven levantando sus ojos límpidos al techo.—Mi mamá era una santa, y podría suponerse que está en el cielo; pero como nadie conoce los inescrutables designios de Dios, yo hago por su alma cuanto puedo. Me haría usted, D.ª Rafaela, un favor inmenso, que no olvidaría jamás, si la encomendase a Dios en sus oraciones.

—Con todo mi corazón. Pierda usted cuidado. No dejaré un día de rezar por ella y en el aniversario confesaré y comulgaré por su intención.

—¡Oh, señora, eso es demasiado!—exclamó Llot abrumado por tanto favor.

—Eso no significa nada. Ya sabe que yo me confieso cada ocho días.

—Sí, ya conozco sus costumbres piadosas; pero de todos modos, ya le debo otras atenciones que aunque de categoría menos elevada...

—No hablemos de eso, Sr. Llot—se apresuró a decir la señá Rafaela extendiendo la mano.