—Señora, aquí Presentacioncita sabe perfectamente...
Pero en el mismo instante la aludida se alzó bruscamente de la silla y salió de la sala. El artista, detenido en los comienzos de su discurso, la miró alejarse con sorpresa y dolor.
Presentación, desde que perdiera su belleza, se había vuelto suspicaz, recelosa; pensaba que todos se burlaban de ella. Ésta fue la razón de su brusca partida. Imaginó que Timoteo, desdeñado en otro tiempo, venía a gozarse en su desgracia y a satisfacer una miserable venganza.
¡Cuán lejos se hallaba de la verdad! Lo que en aquel instante sentía el corazón de Timoteo era idéntico a lo que vibraba en el alma de su violín, todo lánguido, todo voluptuoso.
—Señora, yo sé que soy un gusano indigno...
Este comienzo no le pareció mal a D.ª Carolina y procuró dárselo a entender con una sonrisa benévola.
—Un gusano... eso es...
—Vamos, Timoteo, cálmese usted. Le veo un poco agitado.
—¡Cómo no he de estarlo, señora! ¡Cómo no he de estarlo si lo que me pasa a mí!...—exclamó el joven apretando las rodillas con sus manos crispadas.
—¿Pero qué le pasa, criatura?—preguntó la señora con una entonación que decía bien claro que lo sabía.