—Ya sé que soy un indigno gusano...
—¡Dale! ¡Cálmese usted, Timoteo, cálmese!
—Yo venía con intención de hablar con usted, señora... pero ya no puedo hablar... ¡no puedo hablar!—profirió con creciente agitación.
D.ª Carolina le contempló un instante con sonrisa maliciosa y dijo al cabo:
—Pues yo voy a decirle a usted lo que usted tenía que decirme a mí.
Timoteo la miró estupefacto.
—Señora—venía usted a decirme,—yo sigo tan enamorado de su hija Presentación como el primer día. A pesar de su desgracia la quiero con todo mi corazón, porque mi cariño no se cifraba en la hermosura del cuerpo, que es perecedera, sino en la del alma, que jamás muere.
El violinista se puso horriblemente pálido. Alzose de la silla y comenzó a dar vueltas por la estancia agitando el sombrero con frenesí. Todo su amor, sus tristezas y anhelos, los pensamientos todos que ocupaban su mente desde hacía tanto tiempo salieron de golpe en frases cortadas, incoherentes, que resonaron lúgubremente en la sala como la confesión de un reo en capilla. Pero venían envueltas en una nube tan espesa de rocío que D.ª Carolina se vio precisada a apartarse más de una vez y refugiarse por los rincones para no quedar completamente empapada.
Al fin se dejó caer otra vez en la silla, rendido, aniquilado. D.ª Carolina también se sentó y le contempló largo rato con mirada chispeante de malicia.
—¡Pícaro, qué bien me conoce usted!—exclamó dándole un pellizco.