—¡Mucho me he reído hoy, Mario! Tengo miedo que me suceda algo malo.

—¡Qué superstición! No seas tonta, mujer—respondió el escultor sin dejar de reír.

¡Pobre Mario! El tonto lo era él en tal instante. El corazón femenino mantiene, sin duda, más estrechas relaciones que el masculino con las fuerzas magnéticas que obran secretamente en el seno de la Naturaleza.

Cuando hubieron andado buen trecho por la calle Mayor, donde vivían, cruzaron a su lado sin verlos Vicenta y Encarnación, doncella y niñera respectivamente de su casa. Marchaban en tal estado de agitación que los esposos se detuvieron sorprendidos y recelosos.

—¡Vicenta!

Las domésticas tuvieron el paso, y al verles, el miedo y el dolor se pintó en sus semblantes.

—¡Ay, señoritos del alma!—exclamaron casi a un tiempo las dos.

—¿Qué ocurre?—preguntó Mario petrificado de terror.

—¿El niño?... ¿un coche?...—gritó Carlota sacudiendo a la niñera por el brazo.

—No, señorita... no le ha atropellado ningún coche. Se ha perdido.